martes, 1 de marzo de 2016

Textos Ganadores. 44º Reto: Últimas noticias

Texto Ganador en Verso
(45 puntos)

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Solo...soledad y silencio
vestido de muerte...
desnudo de sueños
en el aire... su tristeza inerte
llena de paz...vacia de tiempo

En el alborear de la vida,
se acabaron sus sueños,
en una carta de despedida
llena de amor...adios y deseos
y...ese triste perdón...esa agonía...
desgarrando silencios.

El verbo acosador...
es dueño de tus silencios,
el miedo doblega tu mirada,
las pesadillas se comen tus sueños,
al alba... llega el terror...

EL miedo se hace dueño...
el valor es una lágrima, 
que a la razón desangra...
y vacía de esperanza.

Se acabaron las horas
de angustia y ansiedad,
de la fragilidad de tus piernas
mientras corres...para escapar,
del miedo que sopla promesas
en los talones de tu sombra.

Lágrimas y rabia...
preguntas sin respuestas,
solo...soledad...silencio
el camino se acaba... 
en las huellas del miedo.

Solo...soledad y silencio
voces...cortejando tristezas,
que no gritaron... cuando pudieron,
ahora son plañideras, 
de un acerbo recuerdo.

Eduardo Eguizábal Torre

Texto Ganador en Prosa
(35 puntos)

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Abeke pertenecía a la tribu de los garawan kura de origen nigeriano, pero residía en Europa desde su adolescencia.
Se había trasladado con sus padres y hermana por la asfixiante pobreza que su tierra les ofrecía, o ,por lo menos, eso había oído siempre en boca de sus progenitores.
Era una familia pobre, sí, pobre, pero unida.
Desde luego la llegada a Europa no fue la panacea, no eran tratados como se merecían, aquí eran unos negros más.
Vinieron en busca de felicidad pero: "¿Dónde está la felicidad?"- se preguntaban cada día.
El padre de Abeke trabajaba en el campo catorce horas seguidas cada día, los siete días de la semana, por la mitad del jornal que un europeo, por supuesto sin contrato ni seguridad social.
La madre con los pequeños se resignaba admitiendo las limosnas que, por pena y por santa caridad, le daban las vecinas y no todas: algunas pensaban que estaban quitando un puesto de trabajo que les pertenecía a sus maridos antes que a ellos.
Los ambulatorios y los servicios de urgencias de los hospitales ponían trabas cuando, por obligación, necesitaban ser atendidos los niños.
La ciudad era grande, ruidosa; el sol era incapaz de cumplir con su función de calentar, de dar luz: su habitación daba a un callejón estrecho, húmedo y oscuro.
¿Y la luna? ¿Y las estrellas?... No había, ellos pensaban que aquí no existían y ,ciertamente, no estaban lejos de la verdad. La ciudad no tiene estrellas.
¿Y la naturaleza?... Se extrañaban cada vez que en un parque una señal les decía: "Por orden municipal, se prohíbe pisar el césped"
No pasaba día sin que se preguntaran por qué había un pedazo de naturaleza solo para mirarla si no se podía vivir con ella.
Era domingo y Abeke cumplía veinte años, esa noche no pudo dormir nada, se levantó, hizo su maleta, se despidió de sus padres, preguntó a su hermana: ¿Te vienes? y ambos marcharon.
Volvieron con Mork (su hiena) el único amigo que sabían que siempre estaría a su lado.
En palabras de Abayomi (su hermana): "¡ Las fieras no están aquí, están allí!"

Carlos Corredor Camara